sábado, 12 de mayo de 2007

Algunas consideraciones sobre la culpabilidad y la responsabilidad subjetivas ante la inimputabilidad.

La importancia del problema de los criminales anormales ante la ley no necesita ser subrayada. Como cuestión actual y relevante, tiene un atractivo indeclinable que motiva el interés de especialistas y profanos hacia el estudio del mismo. Lo anterior permite asomarse a las manifestaciones de ese fenómeno: el crimen, cuyas dimensiones han conmovido al mundo desde hace mucho tiempo y que hoy, lejos de desaparecer o por lo menos disminuir, se ven acrecentadas trágicamente. Manifestaciones en las que concurren y combinan variadas formas, los cuatro universos de la vida humana: el biológico el psicológico, el sociológico y el ambiental y que constituye “la expresión más peligrosa de la anormalidad para la sociedad”.

Por ello mismo el jurista, en su papel de juez, debe comprender mejor la importancia del estudio interdisciplinario de los caso individuales de estos sujetos, para que descubra por si mismo, lo raro y difícil del delito laberíntico y paranoidico que ni su propio autor acierta a explicarse, y así se allegue de los conocimientos necesarios a su respetada misión de comprender y juzgar las conductas humanas, en función de sus múltiples motivaciones. Es decir que el análisis crítico del juzgador, respecto de la personalidad penal de los criminales anormales, debe apoyarse no solamente en el mundo normativo sino también, y fundamentalmente en las disciplinas criminológicas. “No obstante varias sentencias de la Supre­ma Corte recordando que el estado de locura no podía llevar apa­rejado ni una pena moderada, ni aun una absolución, sino un sobreseimiento, han planteado en su veredicto mismo la cuestión de la locura. Han admitido que se podía ser culpable y loco; tanto menos culpable cuanto un poco más loco; culpable indudablemen­te, pero para encerrarlo y cuidarlo más que para castigarlo; culpa­ble peligroso ya que se hallaba manifiestamente enfermo, etc.”[1]

Ahora bien, sin pretender invadir campos del conocimiento ajenos a una formación profesional psicológico-psicoanalítica (que es lo que aquí compete), y por tanto caer en el error de una falsa erudición, pero por ser necesario, desde el punto de vista metodológico, no encerrarse dentro de los límites del principal campo del conocimiento de esta misma formación profesional, pensado que es indispensable de exponer, aún cuando de forma somera las distintas aristas del problema que ocupa.

Respecto a la responsabilidad ante la ley penal de esta clase de enfermos, los juristas se han pronunciado en diversos sentidos. Algunos consideran que por ser su tendencia delictiva el efecto de un impulso patológico, es morbosa su acción criminal y por ende, deben de ser considerados inimputables, o ya sea por la conciencia de sus actos, y aquí habría más que decir.

Lo que quiere decir que un trastorno mental, por si solo, no es suficiente para transformar a un hombre en delincuente, ya que sostiene su responsabilidad ante la ley, y también habría que ver de que ley hablamos.

En suma, solo los imputables pueden ser culpables. Más el “imputable” al cometer un delito se puede actuar “inculpablemente”. Lo imposible es que el “inimputable” al actuar sea “culpable”

Es decir, un inimputable por trastorno mental, es libre de culpa y de responsabilidad penal.

Ahora bien, en el derecho se habla de responsabilidad penal en relación con las consecuencias del delito, consistentes en la obligación de sufrir las consecuencias del delito y las consecuencias de los actos ilícitos tributarios de una pena. En las postrimetrías del derecho penal, recién se hace presente la responsabilidad como el deber de cumplir la pena que tal acción merece.[2]

Responsabilidad o no responsabilidad. Tema de alta dificultad como ya se ha expresado. Nunca he estado muy seguro del significado exacto de ese infernal ‘responsable de sus actos’. ¿Quién puede señalar una división crucial en el torrente de la conducta humana que va desde algo que nos complace denominar cordura hasta el desvarío de la locura? ¿Cuál es el punto en que un ser humano deja de constituir lo que se llama un ser responsable?

El criminal mentalmente anormal, que así se le designa, por ser un enfermo mental ya sea oligofrénico o psicótico, se considera que es un estado en que la enfermedad ha destruido profundamente la estructura del acto libre y voluntario, es decir conocimiento de los motivos de una acción y decisión entre ellos; es inimputable y por ende irresponsable.

Por otra parte es conveniente afinar lo que se entiende por normal. Por normal se entiende el termino medio y frecuente, no valorativamente ni expresado en números. Por tanto, toda personalidad que se separe de ese término medio será considerada como anormal. Según Schneider (1887-1967)[3], estas últimas – las anormalidades- son variaciones de la personalidad que desvían del término medio y se denominan también personalidades psicopáticas, mismas que padecen y hacen padecer a la sociedad por razón de su misma anormalidad.

Esto es, que existe un gran número de personas que, sin tener un déficit de su desarrollo mental (sobrevenido en un momento dado en franco contraste con la normalidad), viven en un inestable equilibrio intrapsíquico, fácilmente perturbado cuando las circunstancias ambientales, se hacen desfavorables, engendrándose, entonces, alteraciones de la conducta mas o menos graves, pero cuyo común denominador es el de no alcanzar –no por su gravedad ni por su persistencia- un grado tal que requiera un internamiento prolongado del sujeto, por privarle de su lucidez de comprensión y razonamiento (discernimiento) y hacerle irresponsable.

Así concebida, la responsabilidad psicopática se nos presenta como un tipo situado entre el de personalidad normal y la personalidad psicótica, pero que no se puede incluir en el concepto de enfermedad. Aquí no hay enfermedad somática que sirva de soporte a la anomalía psíquica. De esta manera, quien se estructura como psicótico no es un verdadero enajenado y por ello, plantea el problema de su responsabilidad.

Entonces hablamos de una responsabilidad subjetiva, que es lo que aquí concierne.

Antes de abordar la relación entre responsabilidad y culpa como tema central de este espacio, es necesario realizar algunas articulaciones.

La primera de ellas es de corte lógico, y tiene que ver con las categorías desarrolladas para el análisis situacional: lo particular y lo singular-universal. He afirmado en este sentido que no se podría plantear una dimensión ética sin moral, axioma homologable a este otro con el que vamos a trabajar: no hay responsabilidad subjetiva sin culpa, en donde esta última resulta de factura particular y la primera una singularidad.

De esta articulación entonces se desprende que el acto ético no podría sino coincidir con el efecto-sujeto. Es decir el sujeto del acto coincide con el de la responsabilidad subjetiva. Es por esto que es referido también con otro nombre –la responsabilidad subjetiva- del sujeto. (En acto).

La segunda articulación para centralizar la relación entre responsabilidad subjetiva y culpa hunde sus raíces teóricas en lo jurídico. En efecto, el verbo en latín, spondeo[4] del que deriva nuestro término responsabilidad, significa “salir garante de alguno (o de sí mismo) en relación a algo y frente a alguien”. Por ejemplo en la promesa de matrimonio, la pronunciación de la fórmula spondeo significaba que el padre se comprometía a entregar a su hija como mujer al pretendiente que por lo mismo era denominada sponsa o a garantizar una reparación en el caso de que tal cosa no se produjera. Tenemos aquí un antecedente en relación a la obligación que genera la fórmula spondeo en el sentido de garantizar una respuesta, era la forma de garantizar una respuesta entregando una mujer o reparando al damnificado que no había recibido lo prometido (en sentido estricto su prometida). Esto es lo que comprometía, del compromiso de los esponsales, dejando cautivos a los cuerpos de esa relación.

Una equivalencia del uso de esta relación de términos spondeo-compromiso, en el derecho romano arcaico, era que el hombre libre pudiera constituirse en rehén (en el mismo sentido de cautividad) y de aquí el término ob-ligatio que lo comprometía a garantizar la reparación de una ofensa. Esta claro que el esclavo no disponía de ese bien –la libertad- para entregar a cambio de otro. Efectivamente su cuerpo ya era cautivo y por lo mismo, no podía ser sponsor es decir no podía responder por él ni por otro. El esclavo no era considerado “responsable”.

El gesto de asumir responsabilidad es genuinamente jurídico y no ético, e implica simplemente ob-ligarse, hacerse cautivo, para garantizar una deuda. Es de sumo interés para nosotros destacar el vínculo que propone el derecho arcaico que liga el spondeo al cuerpo, y que enlazará de un modo también jurídico, al concepto de culpa.

Si en sentido lato la culpa no es más que la imputabilidad de un daño por el que hay que pagar, incluso con la cautividad del cuerpo, es necesario destacar en el proceso, el carácter económico que comprende esa deuda.

Entonces, responsabilidad y culpa se limitan a expresar dos aspectos de la imputabilidad jurídica. Solo con posterioridad estos conceptos serían importados fuera del ámbito del derecho, desde otras disciplinas.

Tampoco hay que perder de vista la operación de desresponsabilización que deja en la penumbra al esclavo como inimputable en el circuito, ya que él en ese escenario, no era propietario de su cuerpo, y por consiguiente no podía pagar, porque no era responsable, no se ob-ligaba.

El derecho ha desarrollado con mas especificidad a través del tiempo otras “figuras”, -más allá de la de esclavo- de desresponsabilización. Soportado en el positivismo ha llegado a la conclusión de que “todo sujeto es responsable de sus actos”, y esa autonomía de responsabilidad a forjado la noción de sujeto “joya”[5]. El sujeto joya de esta época del derecho, es dueño y Señor de sus actos (ya no hay esclavos según se dice, de modo que si todos somos libres, somos por lo mismo responsables). Es un sujeto que es presentado como auto fundado imprimiendo de esta forma una característica al concepto sujeto que no podría confundirse con lo que vamos a tratar enseguida.

Abolida la esclavitud decíamos, van aparecer sin embargo algunas entidades que no tienen la posibilidad (¿acaso la libertad?) de responder. Son conocidas por nosotros: el niño, el loco, el embargado por la emoción violenta, el intoxicado y entre otros, un capítulo aparte que es el que conforma la figura del obediente. Aunque ninguno de estos casos podrían ser considerados esclavos, lo cierto es que no disponen de sus cuerpos para responder, no pueden obligarse, son inimputables de culpa y por lo mismo no son responsables.

Tenemos que incorporar ahora a la razón. El conocido “principio de razón” ese bien que otorga el concepto de sujeto joya, del que los niños (porque todavía no la han adquirido); los locos (porque no la tienen) y los embargados por la emoción violenta (porque la han perdido en la acción violenta) quedan excluidos.

El segundo elemento –decisivo para el derecho- es la intención, dado que ella es un elemento que liga de modo directo a la responsabilidad y la culpa. Simplemente estamos señalando dos elementos combinables, razón e intención, con los que se nutre el derecho en su recurso a la Psicología, pero desde un punto de vista meramente Psicoanalítico habrá que dejar claro que todo acto tiene su origen en el inconsciente.

Estos son los operadores con los que se analiza objetivamente la responsabilidad jurídica, para la imputación o no de culpa. En la que se destaca la conclusión:

“No podría existir la culpa jurídica sin la responsabilidad objetiva que otorga la razón”.

Hasta aquí, se ha planteado una dimensión que podríamos caracterizar como jurídica, objetiva y moral (en sentido general) de la relación responsabilidad y culpa. Es una forma de referirnos a los códigos jurídicos para iluminar lo que legalizan de la moral, y según ella quienes pueden responder y quienes no podrán, cuando sean interpelados objetivamente. Solo la participación del perito dará al proceso el elemento decisivo, la consideración que lo afecta como responsable si esta enmarcado en el principio de razón, y “no a lugar” respecto de la imputación de culpabilidad si no la tiene, o si no ha tenido “la intención” de llevar adelante la acción que se imputa. Tal es el alcance de la relación entre los términos, responsabilidad y culpa a través de la instrumentalización psicológica del principio de razón y la intención.

Entonces, hemos realizado dos recorridos. El primero tendiente a resaltar la raíz jurídica de la relación entre responsabilidad y culpa. Y luego hemos llegado al punto en que decimos que aún en esa instancia, el proceso jurídico debe recurrir a la psicología para instrumentarlo. De modo que esa psicología debe coincidir necesariamente con la idea de la autonomía de la conciencia, las intenciones, y la razón. Una psicología de la moral legalizada.

“Responsable: aquel de quien es esperable una respuesta”.

¿Pero, de quién es esperable una respuesta? Apunta así al sujeto-joya del derecho, y al principio de razón con el que se construyen los parámetros del “responsable”, porque no es que se espera siempre una respuesta. La respuesta es esperable si no ha sido desresponsabilizado, es decir si no es un niño, loco u obediente, etc. De modo que lo que lo que se entiende es que si es responsable entonces es culpable.

Estratificación solo aplicable en el seno de lo jurídico para la culpabilidad. Es decir solo si se es responsable “jurídicamente” puede imputarse culpabilidad, de modo tal que el clivage[6] es de la responsabilidad respecto de la culpa, hendidura artificial entre los conceptos que permite la creación de figuras de desresponsabilización para poder desculpabilizar, pues si alguien no es responsable entonces no es culpable.

Al revés, la lectura que propone es que solo el hecho de “saberse” culpable de la situación en juego permite la posibilidad de la responsabilidad subjetiva.

Luego entonces, responsable No digo consciente de lo que hace, ni que se hace cargo de lo que dice, sino culpable de lo que hace y dice.

Esta es la responsabilidad, la respuesta esperable queda supeditada a ese pasaje por la culpa. En la que ya no cuenta la intención y la pretendida autonomía de la conciencia, pues introduce una dimensión deseante más allá de ella. La culpa es en principio, una condición para el circuito de la responsabilidad subjetiva: es una condición sin clivage:

“No hay responsabilidad subjetiva sin culpa”

“Me presentó a su mujer y agregó: ‘¿Tomará usted el desayuno con nosotros?’. Yo tenía una pequeña cosa que hacer a una cuadra de allí, y aseguré que volvería enseguida. Cuando luego entré en la sala donde se servía el desayuno, vi que la pareja había tomado asiento en una pequeña mesa situada junto a la ventana, y los dos ocupaban uno de sus lados. En el lado opuesto había una sola silla, pero sobre su respaldo estaba puesta, ocupando el sitio, la grande y pesada capa de paño tirolés del hombre. Comprendí muy bien el sentido de esa disposición, no deliberada por cierto, pero tanto más expresiva por ello mismo. Quería decir: ‘Para ti no hay aquí ningún lugar; ahora sobras’. El hombre no reparó en que yo permanecía de pie ante la mesa sin sentarme; no así la dama, que enseguida codeó a su marido susurrándole: ‘Le estás quitando su lugar al señor”
(Freud, S., 1901)[7]

Freud había compartido con el joven paseos y comidas en el hotel durante varios días mientras ambos esperaban la llegada de sus respectivos compañeros de viaje. Quien primero llegó fue la compañera de viaje del joven, su esposa, y fue entonces que tuvo lugar la escena relatada.

¿Quién no se ha visto alguna vez en una situación de las mismas características ya sea en la posición de Freud o del joven? Situación por demás embarazosa especialmente para el “distraído”, cuando algún hecho hace notar lo sucedido.

Seguido a este relato, Freud agrega el siguiente comentario: “A raíz de esta experiencia y de otras parecidas, me he dicho que las acciones cumplidas de manera involuntaria han de convertirse inevitablemente en fuente de malentendidos en el trato entre los hombres. El actor, que nada sabe de un propósito que se les enlace, no se las imputa a sí mismo ni se considera responsable de ellas”.

Por una parte, el comentario señala las consecuencias prácticas y sociales de este tipo de “distracciones”, de estas acciones involuntarias que bien podrían generar situaciones enojosas en los vínculos sociales. Pero, lo que nos interesa especialmente en esta ocasión es subrayar la segunda idea: “El actor, que nada sabe de un propósito que se les enlace, no se las imputa a sí mismo ni se considera responsable de ellas”. [8]

Tres cuestiones importantes a subrayar:

1. Este tipo de acciones involuntarias conllevan un propósito que el actor de la acción desconoce;
2. hay algo de lo que se espera que el sujeto se haga responsable en relación a ellas;
3. la responsabilidad que indica Freud aparece vinculada a ese propósito desconocido para el sujeto.

Para decirlo más claramente, Freud no parece interesado en destacar cuán moralmente inaceptable es una acción como la relatada, qué maleducado es el joven, o qué distraído; tampoco abre un juicio sobre cómo el joven supo aprovechar su presencia durante los días anteriores a la llegada de su esposa… Claro está que entiende que todo esto pudo haber sido causa de enojo de algún otro “damnificado”, pero él se interesa por la responsabilidad en otro plano.

Entonces, se establece aquí una disyunción de campos. No se trata de la responsabilidad moral o social, de las buenas costumbres o lo moralmente correcto. Sí, en cambio, nos alerta de una responsabilidad que atañe al sujeto en relación a aquello que desconoce de sí mismo.

Por una parte, en la dimensión moral, la valoración de estas acciones tomará como referencia los valores compartidos socialmente; lo esperable o lo condenable en una situación determinada. Valores morales que, seguramente, el mismo “distraído” compartirá y, de allí, que surja su incomodidad y el sentimiento de ajenidad con respecto a su propia acción. Pero, por otra parte, Freud señala otro tipo de responsabilidad, que se distingue del primero y que desarrollaremos con mayor precisión. Llamaremos a este segundo tipo, responsabilidad subjetiva.

No sólo en su libro Psicopatología de la vida cotidiana, sino también en muchos otros lugares de su obra, Freud se detiene a indagar sobre acciones simples e inocentes en apariencia (pérdida o rotura de objetos, olvidos, olvidos de nombres propios, errores, confusión de nombres, acciones casuales o involuntarias). Las nombra genéricamente como “acciones sintomáticas”, en función de la siguiente explicación: “Expresan algo que el actor mismo ni sospecha en ellas y que por regla general no se propone comunicar, sino guardar para sí.”.[9]

Tales acciones conllevan, en todos los casos, un “propósito inconsciente”; es decir, las operaciones fallidas poseen una motivación oculta: “Si a ciertas insuficiencias de nuestras operaciones psíquicas (…) y a ciertos desempeños que parecen desprovistos de propósito se les aplica el procedimiento de la indagación psicoanalítica, demuestran estar bien motivados y determinados por unos motivos no consabidos a la conciencia”.[10]

Frecuentemente, las mociones inconscientes se valen de algunos episodios de la vida cotidiana como un medio para expresarse. En algunos casos, la acción es completamente involuntaria; no siendo posible para el sujeto reconocer intención alguna. Tal el caso del joven que puso su capa en el lugar que aparentemente había reservado para Freud. Estas acciones se presentan como una acción cualquiera completamente carente de sentido, aún de sentido conciente. No obstante, la intención conciente se ve alterada.
[1] FOUCALT, M. (1975). Vigilar y Castigar. Nacimiento de la prisión. Editorial Siglo XXI, México, p. 27
[2] CABELLO, V. (2000). Psiquiatría forense en el derecho penal. Editorial Hammurabi, Argentina. P. 101
[3] SCHNEIDER, K.: (1975). Psicopatología Clínica. Editorial Paz Montalvo, España.
[4] ROJINA Villegas, R. (1983). Compendio de Derecho Civil. Introducción, Personas y Familia. (Decimonovena Edición) Editorial Porrúa, S. A., México.

[5] LEGENDRE, P. (1989). Lecciones VIII. El crimen del cabo Lortie. Tratado sobre el Padre. Siglo XXI, México. p. 46.
[6] Término introducido por Sigmund Freud en 1927, para designar un fenómeno propio del fetichismo, la psicosis y la perversión en general, que se traduce por la coexistencia, en el seno del yo, de dos actitudes contradictorias, una de las cuales consiste en negar la realidad (renegación), y la otra en aceptarla.
[7] FREUD, S. (1901). Psicopatología de la vida cotidiana, Obras Completas de Sigmund Freud. Standard Edition. Ordenamiento de James Strachey. Volumen 6. Amorrortu Editores, Argentina.
[8] Op. Cit. p. 206

[9] Op. Cit. p. 188
[10] Op. Cit. p. 233

Un Juez sin juicio. El caso del Presidente Schreber

Hasta este punto hemos expuesto algunas consideraciones sobre el fenómeno psicótico y su mecanismo desde una perspectiva lacaniana. Ahora bien, la tesis Acerca del mecanismo paranoico, fue expuesta por Freud en el historial clínico sobre el Presidente Schreber, Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides descrito autobiográficamente) (1911 [1910]). Este trabajo es uno de los pocos donde Freud aborda la cuestión de la paranoia.

Este historial clínico, mejor conocido como el caso del Presidente Schreber fue redactado en el verano de 1910 en Italia. Dicho historial no es propiamente el análisis de un paciente de Freud, es el análisis de la autobiografía del enfermo publicadas en 1903 Memorias de un enfermo de nervios[1], siendo estas, el único material con el que contó Freud, y que como según le cuenta a Jung en una carta, “no leyó ni la mitad del libro”.[2]

Dichas Memorias es la autobiografía del Senatspräsident del Superior Tribunal de Dresde, Daniel Paul Schreber, quien recae por segunda vez tras la asignación de dicho cargo, a lo que el refiere “He estado dos veces enfermo de los nervios, ambas a consecuencia de un exceso de esfuerzo mental”. Ambas, tienen que ver con la asignación de un cargo superior, la primera en la cámara baja del parlamento de Reichstag en 1884 a sus 42 años, y la segunda como Senatsprätsident, en 1893 a sus 51 años de edad. En la primera enfermedad es internado durante 9 meses, 2 meses en el asilo de Sonnenstein bajo la dirección del Doctor G. Weber, y los 7 subsiguientes en la Clínica Psiquiátrica de Leipzig, bajo la dirección del profesor Fleching,

En 1893, siendo claramente un hombre de demostrada competencia, ascendió a la corte suprema de Sajonia, de la que fue presidente. Pero comenzó a quejarse de insomnio, intento suicidarse, y a fines de noviembre ingreso de nuevo en la clínica de Leipzig donde había sido paciente unos 9 años antes, Era esta la segunda y más tenaz enfermedad mental (que se prolongo hasta 1902) la que describió con detalles gráficos en un voluminoso memorando, las Memorias de un enfermo de nervios, publicado al año siguiente.

Después de su primera enfermedad convivió con su esposa durante ocho años, turbado por la repetida frustración de tener hijos, Sabine, esposa de Schreber sufrió de 6 abortos y tiempo después durante el ingreso de su marido, ésta acoge a una niña de 13 años, Fridoline, con quien Schreber conviviría hasta después de abandonar la Clínica de Leipzig.

Schreber comienza sus memorias diciendo “Podría ser valioso para la ciencia y para el conocimiento de verdades religiosas, posibilitar sobre mi cuerpo y mis vicisitudes personales, por parte de personas especializadas”. Empezó a escribirlas en septiembre 1900 y no pensó en publicarlas hasta que ya había avanzado.

Si bien Schreber no era padre, cae enfermo justamente cuando, se le es llamado para desempeñar cargos que justamente tienen que ver con desempeñar una función paterna, una función de ley, como ser el Senatspräsident del Superior Tribunal, tampoco es fortuito de que sea un juez que pierde el juicio, sin necesidad de un tercero, es decir pierde su relación simbólica con el otro.

Es decir, la Función del Jurista es representar la ley e interpelarla, su enfermedad, le impediría desempeñar dicha función, su delirio llevaría la representación de la ley a otro nivel.

Como ya se había dicho anteriormente el motivo de su ingreso a la clínica la segunda ocasión fue por insomnio e intentos de suicidio. Algunas veces sonó que su anterior enfermedad nerviosa regresaba, en una ocasión en un estado entre el dormir y la vigilia tuvo la representación de “lo hermosísimo que es sin duda ser una mujer sometida al acoplamiento”.

Tras esto, devino el insomnio, y con ello empezó su delirio, al comienzo experimentando las mas severas ideas hipocondríacas, se quejaba de padecer reblandecimiento del cerebro, empezó a presentar gran susceptibilidad a la luz y a los ruidos, y se empezaron a acumular espejismos visuales y auditivos, tras esto se sentía morir, e intentó ahogarse en la bañera.

Después de su intento de suicidio, las ideas tomaron un carácter mítico, y religioso, mantenía un trato directo con Dios, aunque Schreber no era un hombre de fe, ni siquiera creía en Dios.

Tras existir un gran afecto por su medico el Doctor Flechsing, se convirtió en un odio, empezó a ver en el a un perseguidor, que solo quería perjudicarlo, lo llamaba “almicida” (“asesino de almas”) tal vez seria este su primer neologismo. Sin embargo, en los informes médicos, reportaban que pese a la agudeza de su psicosis, y de su destacado cuadro paranoico, un observador no advertido, no encontraría nada de esto. Schreber se considera llamado a redimir el mundo y devolverle su bienaventuranza perdida, pero cree que sólo lo conseguirá luego de ser mudado de hombre en mujer. E incluso oye la voz de Dios que le llama: “Señorita Schreber.

El abuelo Johann Gotthilf Daniel Schreber y su padre Daniel Gottlob Moritz Schreber (1808-1861) se había hecho célebre por sus teorías educativas de una extrema rigidez, basadas en el higienismo, la gimnasia y la ortopedia. En sus manuales, muy difundidos en Alemania, proponía corregir los defectos de la naturaleza y remediar la decadencia de las sociedades creando un hombre nuevo: un espíritu puro en un cuerpo sano. Celoso partidario de una renovación del alma alemana, fue también el promotor de los barrios obreros con jardines; en tal carácter sería respaldado por la socialdemocracia, y más tarde recuperado por el nacionalsocialismo. En 1861, tres años después de que una escalera lo golpeó en la cabeza, murió de una úlcera perforada. Notan falta algo “Gott”, que en alemán significa Dios. Daniel Paul era un hombre sin Dios.

Homosexualidad y Transexualismo.
Así mismo era un hijo de dios, Schreber era un fanático de su padre. Del Campo (1999)[3] se plantea de una manera muy interesante la cuestión ¿Por qué Freud avanzó por la homosexualidad y no por el incesto? Schreber explica detalladamente, como es el objeto exclusivo del milagro divino de mudar en mujer, y no es que el quiera mudarse en mujer, sino es un “tener que ser” pues es el orden del universo, estos milagros se dan a través del “desgajamiento de rayos” que pone como todo delirio, el delirio tiene su propia lógica, este no es la excepción tiene su propio métodos, no descuida detalles, así mismo el delirio abarca distintos temas a la vez, haciéndolo complejo, y a la vez lleno de elemento, que pueden o no distraernos. Si lo tomamos por elementos brindan una perspectiva diferente de si se toma todos juntos como un todo, además, hay que tener en cuenta que como se señalo en un inicio Freud sólo contó con las memorias de Schreber, desconociendo gran parte de su historia familia, la cual es importante tomar en cuenta, pues los significantes de este delirio solo tienen sentido a través de ella. Así mismo considerar la época en que este fenómeno se suscita, retomaremos esto mas adelante.
En un principio estuvo Dios, en la tierra sin hombres, siglos después, la religión judeocristiana nos relata el mito de la sagrada familia, donde una mujer quedaría encinta, por obra y gracia del espíritu santo, bueno tal vez también haya sido por adjunción de nervios, en fin Schreber esta llamado a redimir el mundo, a procrear el hijo de Dios (Padre), como no puede tener relaciones sexuales con Dios su procreación tiene que ser por otra vía, que será justificada mediante un milagro divino (“los rayos”), sin embargo queda el problema del cuerpo, la unica forma en que el pueda fecundar los hombres nuevos de Dios, será a través de “nervios femeninos”, que transformaran su cuerpo, pues afirma que su enfermedad ha destruido gran parte de sus órganos, que le han sido reestablecidos, y mientras siga siendo varón será inmortal. Solo siendo mujer, podrá morir de muerte natural, y conseguir la bienaventuranza como los demás seres humanos. Léase como bienaventurado, aquel que goza de Dios. Schreber deseaba gozar de su padre. Inicialmente el profesor Flechsing hacia el papel de perseguidor, antes de que Dios ocupara ese lugar, pero no era por una cuestión homosexual, sino por que había una identificación paterna.
[1] Schreber, D.P., (2003) Memorias de un enfermo de nervios. Editorial Sexto Piso, México.
[2] Correspondencia Freud – Jung carta del 1 de octubre de 1910.
[3] Del Campo, Emiliano. Freud con Schreber. Revista Acheronta No 10 Diciembre 1999.

El fenómeno psicótico, su mecanismo y otros albores

Hoy tenía intenciones de penetrar la esencia de la locura, y pensé que era una locura.
Lacan, J. (1956)
[1]

El seminario impartido por el psicoanalista Jacques Lacan (1901-1981), en el Hospital de Saint – Anne, que se consagró del 16 de noviembre de 1955 al 4 de julio de 1956 fue dedicado a la cuestión de las psicosis.

Si bien no es la primera vez que Lacan abordaba la cuestión de las psicosis, ni mucho menos la última, ya que a lo largo de su obra se centrará en esta cuestión, este seminario es de gran valor pues introduce diferentes premisas, que sostendrán el resto de su obra.

A saber, en primer lugar el concepto de forclusión (Verwerfung), traducido caóticamente por López-Ballesteros como repudiación y por Strachey como desestimación.

Si bien Freud se refería a Verwerfung a una cuestión propia del derecho procesal, el juicio adverso de un tribunal (“condena”). Sin embargo el término condena en castellano tiene muchas otras implicaciones.

Aquí me detendré un momento; condena, según la Real Academia de La Lengua Española es: 1. Pena impuesta por un juez o tribunal: ejem. cumple condena por homicidio;fue liberado tras cunplir la mitad de su condena 2. Desaprobación de una conducta, acción o una doctrina que se considera inmoral o censurable: ejem. se han recibido numerosos comunicados de condena y dolor por la matanza. Es decir, es el castigo, o la pena, que se impone a quien comete un delito, a quien transgrede la ley. La forclusión, en psicoanálisis, implica que algo del orden de la ley simbólica falta, entonces ¿puede el psicótico transgredir la ley? Al igual que las psicosis, no podemos hablar de la exclusividad de una sola ley, complicará más las cosas el no hacerlo, así que hablaremos de una ley subjetiva y una ley social.

Retomando el concepto sobre la Verwerfung Freud (1914) hace referencia a que en una primera infancia el infante es movido por la angustia de castración, y afirma: “Una represión {Verdrängung} es algo diverso de una desestimación {Verwerfung}”[2]. Por tanto, hay un esclarecimiento que es rechazado (abweisen) y que es este rechazo el que introduce la represión. Donde rechazo debe entenderse como un “no a lugar”.

La Verwerfung es en este sentido análogo a la represión. Lacan (1956) adoptará definitivamente el término de Forclusión[3], refiriéndose a:

1) En derecho: Vencimiento de una facultad o derecho no ejercido en los plazos prescritos.
2) Figurativamente: Exclusión forzada, imposibilidad de entrar, de participar.
3) Psicoanálisis: Mecanismo que está en el origen de los estados psicóticos.

Puede ocurrir que un sujeto rehúse el acceso, a su mundo simbólico, de algo que sin embargo experimentó, y que en esa oportunidad no es ni más ni menos la amenaza de castración.

Lacan (1956) explica en las siguientes líneas, esta distinción entre el neurótico y el psicótico.

“La relación que Freud establece entre este fenómeno y ese muy especial no saber nada de la cosa, ni siquiera en el sentido de lo reprimido, expresado en su texto se traduce así: lo que es rehusado[4] en el orden simbólico vuelve a surgir en lo real. Hay una estrecha relación entre, por un lado, la denegación y la reaparición en el orden puramente intelectual de lo que no está integrado por el sujeto; y por otro lado, la Verwerfung y la alucinación, vale decir la reaparición en lo real de lo rehusado por el sujeto. Hay ahí una gama, un abanico de relaciones.[5]

Lo que esta en juego en la relación entre el fenómeno alucinatorio y la Vewerfung, es lo que Lacan llama la historia del sujeto en lo simbólico, ya que toda historia es por definición simbólica. Sin embargo no es lo mismo los contenidos simbólicos que se reprimen en la neurosis que en la psicosis,

A esto se le aúnan las siguientes premisas:
a) Para ser loco, es necesaria alguna predisposición, si no alguna condición, pues no se vuelve loco quien quiere.

b) La psicosis son Trastornos del Orden del Lenguaje

Psicosis no es demencia. Las psicosis son, a lo que siempre se les llamo las locuras. Como bien dice Lacan[6], pues ya en 1932, ya había escrito su tesis titulada, De la psicosis paranoica en su relación con la personalidad. En donde, hace referencia a la psicosis, como una Función Creadora, y dejando claro que no es una cuestión orgánica, ni una enfermedad degenerativa, descartado a la vez la noción de Automatismo Mental propuesta por Clérambault.

La afirmación de Lacan “El gran secreto del psicoanálisis es que no hay psicogénesis”,[7] implica también que la experiencia freudiana no es para nada pre-conceptual.

Lo que nos lleva a la siguiente cuestión, si bien afirmamos que las psicosis son un trastorno del orden del lenguaje, no evocamos ninguna cuestión psicologizante, sino que traduciendo a Freud, decimos: el inconsciente es un lenguaje. Que esté articulado o no, implica empero que este reconocido. Esto instaura la practica de otro lenguaje, que Lacan (1971) llamará lalengua.

“Lalengua” completa la serie palabra, lenguaje, lengua en el “parlêtre”. Pone en entredicho el “el” de “el lenguaje”. Hay algo en el lenguaje demasiado general, demasiado lógico”.[8]. Lacan (1971) explica “Yo no dije el inconsciente está estructurado como lalengua, sino que está estructurado como un lenguaje”. Es decir, en el campo de lalengua, la operación de la palabra no existe.

Si es que alguien puede hablar una lengua que ignora por completo, diremos que el sujeto psicótico ignora la lengua que habla. Es decir, hay cosa. Y esta cosa (Das Ding) contempla dificultades especificas en el orden del lenguaje. Freud, en 1915 en su artículo sobre el inconsciente estaba por dejar pasar de largo, pero lo contempló en el último de sus apéndices, el Apéndice C. Palabra y Cosa. Donde reconoce que la palabra es una representación compleja, que consta de imágenes que hemos consignado, que asocian elementos de origen visual acústicos y kinestésicos. En tanto cosa (Ding) no contiene ninguna de estas representaciones.
Imagen 1[9]

Lacan por otra parte, retomara lo hablado por Saussure[10], sobre signo, significado y significante.

Imagen 2
Lo que el signo lingüístico une no es una cosa y un nombre, sino un concepto y una imagen acústica1. La imagen acústica no es el sonido material, cosa puramente física, sino su huella psíquica, la representación que de él nos da el testimonio de nuestros sentidos; esa imagen es sensorial, y si llegamos a llamarla «material» es solamente en este sentido y por oposición al otro término de la asociación, el concepto, generalmente más abstracto.[11]

En la psicosis, el trastorno del orden del lenguaje, consiste en que hay cosa (Ding), es decir la simbolización no siempre es bien lograda, o en el peor de los casos nula. La cosa (Ding) primero tendrá que ser símbolo, para después ser palabra, y es hasta que hay palabra, que podrá ser simbolizada.

Es por esto que se dice que en las psicosis existe la imposibilidad de hacer metáfora, el ejemplo clásico de esto es: “Te voy a comer a besos”. En la neurosis esta frase posee cierto romanticismo, en las psicosis, habrá que mantener cierta distancia, por que si esto accede a lo real, accederá vía el pasaje al acto.

Si bien podemos admitir que detrás del proceso de verbalización, hay una Bejahung (afirmación) primordial, una admisión en el sentido de lo simbólico. Puede ocurrir que un sujeto rehuse el acceso, a su mundo simbólico de algo que sin embargo experimentó, y que en esta oportunidad no es ni más ni menos, lo que mencionado anteriormente, la amenaza de castración.

“La relación que Freud establece entre este fenómeno y ese muy especial no saber nada de la cosa, ni siquiera en el sentido de lo reprimido., expresado en su texto, se traduce así: lo que es rehusado en el orden de lo simbólico vuelve a surgir en lo real”.[12]

Esto rehusado por el sujeto, reaparece, pese a la Verwerfung, en lo real del sujeto vía la alucinación, u otra formación del inconsciente, pero la alucinación y el pasaje al acto, son las propias de las psicosis.

Sin embargo, habrá que distinguir entre psicosis paranoicas y psicosis pasionales, como señala Lacan (1956), haciendo referencia al trabajo realizado por Clérambault (1920) sobre su trabajo “Delirio de persecución y erotomanía”.

Si bien no se puede hacer una clínica de “caso por caso”, lo que Lacan señala es abordar el problema de la paranoia, implica una gran dificultad, pues no se puede hablar de la psicosis, sino de las psicosis, en tanto que el sistema delirante varia, a nivel de composición, motivación y tematización, y situarla en el plano del la comprensión es un error; he aquí el fenómeno elemental, e irreducible: La Interpretación.

La locura no es razonable, pues un delirio, no puede ser articulado, menos aun comprendido, justamente esa no es la intención.

Cuando un paciente nos dice: ¡usted sabe lo que quiero decir! Ciertamente ¡NO! El fenómeno del delirio esta cerrado a toda composición dialéctica. En la psicología la interpretación se articula en relación al yo, en el psicoanálisis el yo es relativo.

Debido a que en el fenómeno de la psicosis paranoica esta cerrado a toda composición dialéctica el carácter central en la paranoia de la alucinación verbal deberá centrarse en la pregunta ¿quién habla?. Pues bien, nos habla de algo que le habló. Es decir el sujeto paranoico comprendió algo, lo formula en forma de palabra, y le habla, en lo que Schreber denominaría la Lengua Fundamental.

Esta lengua del psicótico es de un carácter distinto al de la neurosis, con un carácter que posee una nueva lógica, por lo que será frecuente la producción de neologismos.

Para entender el papel del neologismo en el fenómeno psicótico, habrá que volver a la cuestión de la lingüística, el significante debe tomarse en el sentido del material del lenguaje, la trampa es que las cosas no son el significado. El sistema de lenguaje va dirigido a un punto de realidad, la realidad toda está cubierta por el conjunto de la red del lenguaje. En el neologismo hay una discordancia en el lenguaje a nivel del significante y significación, pues no nos remite a nada.

Los psicóticos hablan, eso queda claro, y hablan el mismo lenguaje, de eso no hay duda, pero la relación de significación a significación y el ordenamiento de su discurso, es lo que permite distinguir que se trata de un delirio.

Es por ello que el fenómeno del delirio en la psicosis se centra en el lenguaje, en la palabra y en sus descomposiciones, por lo que la alucinación verbal es fundamental en este fenómeno. Lacan (1958), escribe sobre las alucinaciones verbales, “es un error considerarlas como auditivas por su naturaleza, cuando es concebible en ultima instancia que no le sea en ningun grado”.[13]

Es su inconsciente lo que habla, y habla más allá del sujeto, incluso el sujeto desconoce lo que habla, y dice más de lo que supone, pues bien entonces, lo habrá que analizar, será la estructura del delirio paranoico.

El delirio también es propio en la neurosis, pues como dice Freud hay distintas formas de negar, por lo tanto, distintos tipos de delirio, Freud reconoce cuatro[14]: Delirio de Persecución, Delirio Erotomaníaco, Delirio de Celos y el Delirio de Grandeza.


Delirio de Persecución
"Yo no lo amo-pues yo lo odio

"El me odia" (me persigue)

Delirio Erotomaníaco
"Yo no lo amo-pues yo la amo"

"Yo noto que ella me ama"

Delirio de Celos

"No yo amo al varón"

"Es ella quien lo ama"

Delirio de Grandeza
"Yo no amo en absoluto

...y no amo a nadie"

Lo que Lacan propone, es investigar las relaciones con el Otro en los delirios, distinguiendo el sujeto, el que habla y el otro (imaginario) en el que no hay palabra.

Claro Dios no engaña, Dios es honesto, dice Einstein, si creemos que nos ha engañado, es porque nos hemos equivocado. Pensar que el fenómeno de las psicosis es un asunto meramente una cuestión del lenguaje resulta engañoso, hay mas factores que rodean a este, a decir otro de gran importancia es, la significación del delirio.

El psicótico sistematiza su delirio para comunicárnoslo. Si bien un neurótico puede tener un delirio paranoico, y sentirse perseguido, por ejemplo, pero el psicótico sabe por que lo persiguen, pues posee una creencia delirante.

Los psicólogos toman la verdad del loco como falsa, no se trata de dar estatutos de cierto o falso, pues ni siquiera el loco cree lo que esta alucinando, es decir no es cuestión de creencias. Lo que esta en juego no es la realidad, el delirio del psicótico es una certeza, y ante tal certeza, en la experiencia clínica, lo que se establece en el orden de la transferencia es de otro orden, si bien el neurótico establece una transferencia con su analista, esta centrada en lo que Lacan denomino Principio de Amor Objetal, pues si bien se puede hablar de psicosis de transferencia, en la psicosis este amor no va dirigido hacia el analista, pues el psicótico lo que ama es a su delirio. En tanto que en el psicótico, cuando hablamos de narcisismo no hay elección de objeto, sino mas bien, sus pulsiones sexuales se encuentran en una actividad autoerótica, donde para ganar un objeto de amor se toma primero a sí mismo, a su cuerpo propio, antes de pasar de este a la elección de objeto en una persona ajena. La cuestión en las psicosis, es que el psicótico esta tomado por su delirio.

[1] Lacan, J. (1984). El seminario de Jacques Lacan; Libro 3; Las psicosis 1955-1956. Texto establecido por Jacques-Alain Miller; tr. Juan Luis Delmant-Mauri. Buenos Aires, Paidós. Pág. 129
[2] Freud, S. De la historia de una neurosis infantil (1918 [1914]). Obras Completas Tomo XVII. Amorrortu, Argentina. Pág. 74.
[3] Ibid. 456, 457.
[4] Def. Rehusar: No aceptar, o no querer aceptar algo. Pareciera que esta implícito algo en el orden de la volición, Lacan discutirá seriamente la cuestión de la volición, pensamiento y acción, y dirá que no se deberá partir de ellos como nociones establecidas.
[5] Ibid. 23
[6] Ibid. 13
[7] Ibid. 17
[8] Lacan 1975 Conferencia en Ginebra sobre el sintoma
[9] Freud, S. (1915). Lo inconsciente. Obras Completas Tomo 14. Amorrotu, Argentina. Pag 212
[10] (1857 – 1913) Lingüista suizo, que impartió sus Cursos de Lingüística General de 1906 a 1911.
[11] Saussure, F. (1945). Curso de Lingüística General. Trad. Amado Alonso. Editorial Losada, Argentina.
[12] Ibid. 25
[13] Lacan, J. De toda cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis. (1958). En Escritos 2. Ed. Siglo XXI, México. Pág. 514.
[14] Lacan señala tres en el seminario de las psicosis Pág. 64, Freud reconoce cuatro en el texto Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente. En Obras Completas, Standard Edition, Tomo XII, Amorrortu, Argentina, Pág. 60.

De los antecedentes de la locura

“Al final de la Edad Media, la lepra desaparece del mundo occidental. En las márgenes de la comunidad, en las puertas de las ciudades, se abren terrenos, como grandes playas, en los cuales ya no acecha la enfermedad, la cual, sin embargo, los ha dejado estériles e inhabitables por mucho tiempo. Durante siglos, estas extensiones pertenecerán a lo inhumano. Del siglo XIV al XVII, van a esperar y a solicitar por medio de extraños encantamientos una nueva encarnación del mal, una mueca distinta del miedo, una magia renovada de purificación y de exclusión”.[1]

Así empieza el libro de Michel Foucault sobre la Historia de la locura en la época clásica, (1964), para posteriormente relatarnos sobre el “sulfitera navis” o el navío de los locos, sobre como encerraban a los locos en un navío, para después dejarlos a la deriva en el mar. En este primer párrafo se centran claramente los problemas de la psiquiatría clásica, no es fortuito que Foucault inicie su texto haciendo referencia a la lepra, una de las enfermedades junto con el cólera, más temidas de la antigüedad, ambas causantes de millares de muertes. Así pues todo signo de locura y demencia es considerado de igual manera como “enfermedad mental”. Entiéndase por enfermedad, según la Real Academia de la Lengua española: 1.Alteración grave de la salud 2. Pasión dañosa o alteración en lo moral y en lo espiritual 3.Anormalidad dañosa en el funcionamiento de una institución, colectividad, etc. Es decir, la locura, al igual que la lepra, es considerada una enfermedad que debe ser curada y erradicada, e incluso prevenirla, ¿acaso se puede prevenir la locura?, pues la locura como tal, es considerada un mal. Esto nos remite a la segunda parte de este primer párrafo citado, donde la locura siempre ha sido una representación de la “encarnación del mal”, asociándolo con la brujería, encantamientos o un mal espiritual. Pues según ciertas creencias, también se enferma del espíritu. Desde la antigüedad, la locura ha sido considerada por algunos, como “posesión demoníaca”, pues cuando el conocimiento científico médico resultaba insuficiente como en el caso de las alucinaciones, se atribuía estos fenómenos a una combinación de factores naturales y sobrenaturales.

“Una parte de enfermos mentales encontró una salida a sus impulsos patológicos en la guerra o manifestaciones religiosas, como cruzadas, peregrinaciones, y movimientos heréticos, Otros eran encerrados en desvanes y sótanos, donde estaban virtualmente prisioneros de sus familiares. Otros simplemente eran abandonados.” (Kaplan, 1975).[2]

Sin duda, toda guerra tiene que ver con la locura, no podría explicarse de otra forma, la violencia es inherente al sujeto, desde que esta inscrito en la ley, pues todo encuentro col la ley deja marcas en lo simbólico, la ley en si es el origen de la violencia.

¿Qué es lo que se busca en una guerra? ¿No es precisamente la eliminación del otro, la eliminación de las diferencias? Purificación y renovación, así es como termina el párrafo citado, esto era lo que se hacia frente a la locura, pero eso quedo atrás, varios siglos han pasado ya de eso, hoy solo queda la exclusión.
Con la modernidad vinieron muchos cambios, en nuestra materia cambió la percepción de cómo se ve a la psicosis, como son tratados y como se posibilita el acceso a este tipo de padecimientos, el avance de la ciencia tomo elementos cada vez mas cognitivos, sin embargo, para la psiquiatría la psicosis sigue siendo llamada enfermedad, tomada así por lo somático, es decir, la locura es del orden del cuerpo. La ciencia propone convertir los síntomas en signos convertir lo subjetivo en objetivo para hacerlo medible y cuantificable.

Si bien las medidas que se tomaban en pacientes infectados de lepra era el aislamiento bajo la idea de contagio, el tratamiento de asilamiento, sigue siendo aplicable a pacientes diagnosticados bajo la noción de enfermedad mental, recluyéndolos en manicomios, hospitales, etc. manteniendo incluso esta idea de contagio.

Así pues la actitud con respecto a la locura sigue siendo de temor a lo distinto, luego entonces lo más viable es aislar o exiliar al sujeto.

La actitud de la sociedad moderna es la de “la simulación”. El tratamiento sigue siendo vía la ingesta de medicamentos, tratando al paciente como un enfermo incapacitado

Si bien decimos, que el neurótico simula enfermedades a fin de atraer lo conmiseración del otro, su fantasma se enferma para atraer el deseo del otro, p. ej. el obsesivo simula salud, y de esta manera al simular salud de preservan algunos placeres secretos, la simulación no es de manera consciente, sino seria perversión, el neurótico simula de manera inconsciente, cuando hablo de simulación, no quiero decir, que la enfermedad no tenga carácter de real. En las psicosis, el psicótico no simula, tratar la locura como enfermedad es extinguir y aislar lo que desenmascara lo que nos enfrenta ante el desenmascaramiento.

La Revolución Industrial trajo consigo notables adelantos científicos y sociales, que llevarían mas tarde a la creación de la ciencia moderna. Aun cuando hombres cultos de toda Europa estuvieran ocupados en una discusión filosófica de la mente humana y sus funciones y de las teorías económicas y sociales, los enfermos mentales continuaban siendo objeto de burla y menosprecio.

Perezosos y locos eran tratados por igual, los perezosos eran segregados de la sociedad, precisamente por su incapacidad de producir, al igual que el loco, pues estos no contribuían al desarrollo social, no producir iba en contra de la tendencia del mundo, así pues, el loco era considerado como aquel que no produce nada.

El psicótico producía en tanto se volvían consumidores de fármacos, de aquellos a los que hay que aislar, a aquellos a los que hay que medicar, dejaban de ser entes improductivos, para ser consumidores de fármacos, esto explicaba el crecimiento de fármacos antipsicóticos, antidepresivos, ansiolíticos, etc. surgido a mediados del siglo pasado. Los sujetos diagnosticados como enfermos mentales, eran medicados con el fin de volver a los sujetos funcionales.

¿Y qué pasa con su psicosis? Los fármacos no cumplen esa función, los fármacos posibilitan la singulación y el funcionamiento social.

La ciencia no escucha al sujeto, el psicótico es sujeto de estudio, prueban medicamentos, pasan a convertirse en un problema, ya lo habían sido antes al no producir, ahora son sospechosos por infuncionales y fundamentalmente se consideran un peligro para la estabilidad de lo social y se les abandona como sujetos

Si la responsabilidad esta en un primer plano, el psicótico renuncia a la responsabilidad y no asume la responsabilidad de sus actos, entonces si no tiene control de si, tampoco procura su entrono propio
En este momento surge un elemento que si bien ya estaba presente, ahora tomaba nuevos matices, el sentimiento de fracaso. Mas allá de su supuesta enfermedad mental el sujeto buscaba sumarse incorporarse a la vida social.
[1] Foucault, M. “Historia de la locura en la época clásica 1” Fondo de Cultura Económica.
[2] Kaplan, H. “Compendio de Psiquiatría”, Salvat Editores, España, 1984